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viernes, 7 de noviembre de 2014


LOS LUGARES DONDE CRECIMOS



Dedicado a Panquito, Chicho
y Diego.


Fue en la calle de tierra polvorienta.
La plaza sin luces y con pocos árboles.
La esquina de los amigos que escapaban
con el fútbol de los golpes de su madre,
de la brutalidad del abuelo, decrepita
figura represiva.

Fue en los veranos eternos que terminaban
entre lágrimas y silencios.
Las películas que vi y conté para que mis amigos
se fugaran por un rato de lo que no tenían.

Las siestas no dormidas a la espera
de la calma del sol, allá por las 5 en adelante.
El invierno en que cortaron la calle en nombre
de la llegada del asfalto y la fiesta por la fugaz
ausencia de esquinas y autos.

Fue en las vecinas por las cuales aprendí a andar
en bicicleta, hasta que sonó el timbre de crecer.
El terreno con árboles donde nos colgábamos
por horas, sin el apuro absurdo de nada ni la
Nada absurda del apuro.

Y hacíamos guerras y guerrillas y vigilábamos
La calle hasta que fuera hora de buscar rivales
Para el fútbol.

Fue en las escondidas de la noche,
la plaza de los sábados, la mancha-pared,
las risas y golpes

Fue en la pobreza y a pesar de ella.
Fue en la felicidad.



Patricio López Camelo

domingo, 26 de octubre de 2014

CUANDO LLEGA OCTUBRE

En el barrio había tipos raros.  Raros pero no por extravagantes aunque en cierta forma lo eran, sino por soñadores. Esos tipos que hacen de este mundo un poco mejor.  Esos que cada mañana al levantarse, ven el vaso a medio llenar y ponen todo su esfuerzo para completarlo. Américo era uno de esos.
Orgullosamente troskista, obrero metalúrgico y desde siempre delegado de base. La triple A, esa banda que cazaba zurdos, desde el Ministerio de Bienestar Social del gobierno de Perón lo tuvo en la mira. Después del 24 de marzo del 76, las cosas se le pusieron aun más difíciles. Fue despedido, tuvo que pasar a  la clandestinidad y cuando el cerco se cerraba y su vida corría peligro se exilió.
Cuando lo conocí eran tiempos de democracia recién estrenada y grandes utopías. Américo reorganizó la sociedad de fomento y fue convocando a la gente del barrio, con unos amigos nos acercamos a colaborar. En poco tiempo la sociedad de fomento florecía llena de actividades.
Muchachos vamos a montar una radio para el barrio, nos dijo una tarde y a todos nos entusiasmo la idea, pero nos preguntamos cómo. El no contestó nada, solo sonrió, prendió un cigarrillo y dijo lo vamos hacer.
Al poco tiempo una radio se montó en la sociedad de fomento. La antena era por demás precaria y el equipo de trasmisión era prestado. Cada sábado después del mediodía, Américo se tomaba el tren y al anochecer volvía con el equipo, el que había que devolver religiosamente cada domingo por la tarde.  Pasaron varios domingos hasta que se pudo salir al aire. Con mi amigo Gustavo, nos alejábamos de la radio y con una spica portátil verificamos el alcance, que por supuesto lo llegaba a mas de unas veinte manzanas alrededor del improvisado estudio. Aun recuerdo nuestra alegría al escuchar que en una casa la estaban sintonizando. Nos abrazamos y volvimos corriendo a compartir con los demás la noticia.
En poco tiempo la radio fue creciendo. Américo y el barrio la bautizaron como la barrial y con la ayuda de todos se compró el primer equipo. Esto permitió trasmitir todos los días, de lunes a lunes, por las mañanas. Este crecimiento fue trayendo algunos problemas. La radio fue ganando espacio en el barrio y esto molestó a algún político y a la comisión directiva de la sociedad de fomento. Primero comenzar con un boicot, cortes de luz, ruidos molestos cerca de la sala desde donde se trasmitía. Cuando esto no les alcanzó pasaron a la acción directa.  Tiraron la antena abajo y todas las cosas de la radio, entre ellas el equipo de transmisión, fueron a parar a la plaza de enfrente.
Para todos nosotros, este era el final de la barrial, menos para Américo y su compañera Bety.  Ellos no se dieron por vencidos y montaron la radio en el comedor de su casa.

 Por eso cada vez que llega Octubre, cuando la primavera, es más primavera, mis recuerdos me llevan de nuevo hasta la Barrial y pienso en  ese tipo formidable que fue  Américo. Un constructor de utopías.

Carlos Varco

lunes, 6 de octubre de 2014


FEA



“Narigasnadaquenarigúnproblemaenarizona” era el apodo que le habíamos puesto, copiándonos de los más grandes. Ella no era del barrio, pero tenía amigas en alguno de los departamentos, así que siempre andaba por ahí. Vivía en la Muñoz, donde desembocaba la calle “del paraguayo”, calle nunca transitada por nosotros dado que para ir al parque o la panadería íbamos por la paralela a la ruta, y para ir a la 31 o la Carnicería Chalita, cruzábamos el campo por la calle del pozo. La cuestión es que esta chica tenía una nariz enorme y ganchuda. Era flaquita y menuda, lo que destacaba más aun su enorme defecto físico. Defecto que contrastaba con lo proporcionado de nuestros cuerpos (pensar en el tamaño de mi cabeza o de los labios de Gustavo). Por supuesto aportábamos, de manera ostensible, a hacerle la infancia intransitable. Verla a ella era suficiente para disparar todo tipo de burlas (galpón de moco, por ejemplo). Y ninguno de nosotros, galanes, iba a tocarla ni con un palo. Tal vez porque darle bola era “un quemo”, nadie le prestó atención. Así que, para nosotros, esta chica creció de un día para otro. Ahora su nariz se asentaba sobre un cuerpo espectacular, que tenía todo lo que debía tener y más. Ahora su nariz era un toque de exotismo, no un horripilante apéndice. En realidad ya lo que menos mirábamos era su nariz. Había llegado el momento de la revancha: por mucho que nos esforzáramos en caerle simpáticos (y las hormonas nos empujaban a niveles de esfuerzo ridículos), no nos daba bolilla. Y la cosa se puso peor cuando se operó y redujo su órgano olfativo a tamaño normal. Ya no solo no nos daba bola, pasaba contoneando todo aquello que conformaba nuestro objeto de deseo y nos miraba con gesto absolutamente despreciativo. Solo nos quedaba el consuelo solitario realizado en su honor. Aprendimos dos cosas de aquella experiencia: que la naturaleza produce cambios impresionantes y que la cirugía los mejora. Y una tercera: no hay mujeres feas…

Alberto López Camelo

domingo, 6 de julio de 2014

Vera: Campeón de la Libertadores



Cada vez que llega un mundial los muchachos del barrio se alborotan. No sólo por la pasión futbolera que la tienen sino porque el mundial es un acontecimiento para sumar unos fideos más a la olla: vender banderas, camisetas, posters o lo que cuadre se vuelve una oportunidad única. Estoy seguro que esto no pasa solamente en mi barrio y que es un fenómeno que lo trasciende. No podría ser de otra manera en un país que en los últimos 40 años quintuplicó la cantidad de pobres. En el año 1974 la pobreza era de un 5% , hoy se llegó al 25 %. Hay muchos responsables de ello, dictaduras, gobiernos democráticos, radicales, peronistas, aliancistas, peronistas…peronistas…En estos años hemos pasado por devaluaciones, congelamiento de salarios, inflación, hiperinflación, desocupación, miseria, saqueos… En este contexto, es entendible que nos hayamos acostumbrado a vivir de cualquier forma: llegada del Papa, mundiales, copa América, mega recitales, día de la virgen, del amigo ó del arquero! Son la oportunidad para hacernos una moneda.
Lo que les quiero contar es una historia que pasó cuándo este país empezaba a irse al carajo. Corría el año 76 y Martínez de hoz, ministro de la dictadura, presentó su plan económico: un feroz aumento de precios y el congelamiento de los salarios. Por entonces, cualquier medida de protesta era como mínimo causal de despido cuando no de desaparición. Para el año 77 la fisonomía de mi barrio ya había cambiado: la desocupación era un flagelo y el miedo estaba presente en todos.
El flaco Vera era obrero metalúrgico, tenía alrededor de 30 años, una casa a medio construir y tres chicos para criar. Un día al llegar a la fábrica su tarjeta no estaba en el fichero junto a las de otros ochenta compañeros más. Al volver a su casa encontró el telegrama y una “invitación” a cobrar una flaca indemnización.  
Una tarde mientras tomaban mate con su señora, la Pepa Suárez, ella le dijo:
- Flaco que te parece si con plata de la indemnización adelantamos con la casa.  Vera no contestó y en silencio le devolvió el mate.
La Pepa continuó con sus planes. – La plata nos alcanza para terminar el baño por completo y también podemos hacer otra pieza para los varones. El flaco la miraba sin decir palabra.
No sé si te diste cuenta pero los chicos están grandes y no es bueno que duerman todos juntos.  La nena necesita  un lugar propio.
Vera asentía con la cabeza, en silencio, con la mirada hacia ningún lugar preciso. La Pepa lo abrazó y lo besó suavemente en los labios. El flaco le devolvió el beso, la tomó por la cintura y después habló.
-Tenemos que hacer algo con esa plata.
   - Por eso te decía, lo mejor es invertirla en terminar la casa.  Insistió la mujer.
- No Pepa, si gastamos en la casa después ¿qué hacemos?
-  Algo vas a conseguir… yo puedo agarrar algunas horas más para limpiar.
- Pero Pepa no te das cuenta lo difícil que es conseguir laburo, mirá en el barrio, cuántos están sin trabajo, si gastamos la indemnización después nos van comer los piojos.
-   Bueno, no te enojes, yo sólo daba una opinión.
No me enojo, lo que debemos hacer es invertir esa plata.
- Pero en qué en flaco… ¿en qué?
- No sé, no se me ocurre nada y ese es el problema.
El flaco Vera era fanático de Boca, al igual que millones de argentinos, quizás fue por eso que la noche en que Boca empató con el deportivo Cali y con ese resultado llegaba a la final de copa libertadores de América se dispuso a jugarse a todo a nada.
 Al otro día salió muy temprano de su casa, para recién regresar entrada la tarde, casi de noche, con diez mil banderas y vinchas flamantes que decían Boca campeón de América.
Cuando llenó el pequeño comedor de su casa con cajas, su mujer no entendía nada de lo que pasaba.
  - Flaco te volviste loco. Preguntó la Pepa
 - Vos tranquila que con esto pasamos al frente. Respondió Vera sonriente.
El primer partido de la final se jugó en la bombonera y  Boca ganó 1 a 0. El flaco fue a la cancha y volvió eufórico:
    - A la Argentina, a la Argentina, vamos a traer la copa que perdieron las gallinas. -cantaba el flaco y la mitad más uno país con él.
    -  Pepa, tendrías que haber visto eso!! la Boca era un carnaval y cuando el toti Veglio se las mando a guardar… la cancha se venía abajo!!!, Pepa, se venia abajo….
La revancha se jugó unos días después en Belo Horizonte y allá las cosas se comenzaron a complicar. Cruzeiro se impuso 1 a 0.  Ahora todo se decidía en un partido desempate a las 48 horas en cancha neutral. Uruguay fue la sede y el mítico estadio Centenario el escenario.  Las cosas no pintaban bien para los boquenses en general y para Vera en particular. Boca tenía un equipo de veteranos y el poco descanso entre un partido y otro pesaba en las piernas de los jugadores argentinos.
 Vera no durmió la noche anterior y pasó todo el tiempo a mate y cigarrillos, mientras miraba las cajas apiladas en el comedor. Además como dice el refrán no faltan encontronazos cuando un pobre se divierte. Su suegra se había instalado por unos días en su casa y lo primero que dijo al ver las cajas fue que eso era una locura.  Pero eso no era nada, de a poco fue taladrando con opiniones la cabeza de su hija que a la hora del partido lo miraba al flaco llena de reproches.
Si en el Centenario el clima era de nerviosismo en la casa de los Vera era infernal.
La suegra opinaba libremente y ante cada ataque del Cruzeiro anunciaba un próximo gol.  Vera resistía en silencio. Todo el partido fue un suplicio.  Boca atacaba y perdía goles hechos y sufría los tiros libres de Nelinho que le pegaba a la pelota como los dioses.  Al final todo terminó empatado en cero y hubo que definir con tiros desde el punto penal.
El flaco de rodillas frente al televisor rezaba esperando los penales. Su suegra no paraba de hablar despotricando contra la mala cabeza de Vera y por supuesto, hasta la Pepa coincidía con su madre.
El primer penal lo pateó Mouzo para  Boca y la pelota pegó en el poste y salió.
- Le dije que todo esto era locura.  Gritó la suegra llena de resentimiento añejo, señalando al flaco.
Vera estalló, se paró pegando un salto y le ordenó a su mujer :
  – Llevate a tu madre porque la mato, te juro que la mato!!. La Pepa jamás había visto a su marido tan fuera si, así que le hizo caso y se llevó a su madre hasta la pieza.
Cuando Vera miró de nuevo el televisor entendió que el árbitro dispuso que el penal se vuelva a ejecutar porque el arquero se había adelantado. Mouzo no volvió a errar, como tampoco ningún jugador de  Boca.  El quinto y último penal del Cruzeiro lo pateó un jugador de color como decían los relatores de la época, Vanderley, y el gran Hugo Orlando Gatti se tiró hacia su izquierda y contuvo el penal.  El flaco se abrazo al televisor y se puso a llorar. 

 Vera terminó el baño, construyó una nueva pieza para sus hijos y hasta se compró un pequeño automóvil. El flaco Vera ese día también fue campeón. 

Carlos Varco

lunes, 26 de mayo de 2014


PARÉNTESIS MARCANDO LA ZETA


En el lugar que hoy ocupa el Hospital Mercante existió, una vez, una cancha de fútbol. Por supuesto, como el resto de esos estadios en los que pasaron tantas cosas trascendentales de nuestra vida, no era mas que un potrero. Pero ese potrero en particular fue fruto del trabajo arduo de un montón de chicos alumnos de la 31, que se esforzaron para tratar de enderezar las tozudas lomas, rezagos de antiguas plantaciones. Cuando ya la escuela hacía tiempo que había dejado de utilizar ese “campo deportivo”, algún avivado lo convirtió en la cancha en que se jugaban feroces campeonatos por plata. La cosa era simple: todos los equipos pagaban inscripción. El que ganaba se llevaba el 50% del total de lo recaudado, el segundo el 25% y lo restante (otro 25) quedaba para los organizadores, que además se alzaban con lo que dejaba el bufet. Negocio redondo, que le llaman. En esos campeonatos se destacaba la figura de un personaje muy especial al que llamaban “el Zorro”. Todos los domingos oficiaba de incansable referee. Cual Castrilli del 9 de Julio (por la época, un Dellacasa), el zorro impartía, partido tras partido, justicia futbolística a equipos que mas bien parecían primitivas hordas. A él no lo amedrentaban así nomás: si tenía que cobrar un penal o expulsar a un jugador no le importaba lo caliente que estuviera la situación. Lo hacía y punto. Y se bancaba la que viniera. Debo reconocer que era buen árbitro. Lamentablemente los dirigidos por él no pensaban siempre lo mismo. Cada tanto intentaban reventarlo a trompadas. No sin esfuerzos, a veces lo lograban. Es mas, se comentaba que los dientes ausentes de su boca (la mitad, mas o menos), los había perdido uno por uno en sendas peleas a puño limpio con futbolistas que no le reconocían razón en sus fallos. Pero no importa lo desfigurado que quedara, al siguiente domingo lo tenías allí, pitando a diestra y siniestra, administrando justicia donde no la había, imponiendo su saber y su personalidad en medio de la barbarie. Una tarde me encontraba, como tantas veces, al costado de la cancha mirando el campeonato (no tenía edad para lidiar en esas justas deportivas), cuando ocurrió algo extraordinario; Le reclamaron al zorro un fallo. Por supuesto eso era normal, lo extraordinario era que ambos equipos reclamaban con igual virulencia. Todos querían la cabeza del inflexible árbitro, que pronto se vio rodeado no solo por los jugadores de los dos equipos, si no también por parte del público. Eran tantos los que se abalanzaron sobre él que ya no lo veía. Imaginé lo peor. De pronto sonaron nítidos, poderosos, tres tiros. Me tiré de panza al piso sin dejar de mirar hacia el tumulto: Ya se había disuelto. Los que no estaban en tierra, huían a toda velocidad en distintas direcciones. Solo quedaba el zorro, parado, con el brazo derecho en alto y un revolver 38 apuntando al cielo. Lo único que dijo fue: -¿Qué carajo reclaman?. Nadie le contestó. Cuando los jugadores se repusieron, volvieron a la cancha. Sin decir nada y con la cabeza gacha aceptaron que el zorro expulsara a los dos capitanes por protestar. Después reiniciaron el partido.
No se volvió a escuchar una queja en el resto de la tarde.
Alberto López Camelo

sábado, 12 de abril de 2014

Cuatro-Cuatro


"Dumbo", "Citroen con las puertas abiertas", o simplemente "oreja". Llegó a la adolescencia integrando un cuarteto temible con Gustavito del 17, Mara del 76 y César del 28. Fue precisamente en la adolescencia que se le agudizó un problema de salud que arrastraba desde la niñez: El Oreja sufría de varicocele. Para los que no estén familiarizados con este diagnóstico, explico lo poco que sé: Son várices en los testículos (en el caso que nos ocupa era en un testículo; el izquierdo), que producen un estiramiento de los mismos hasta formar una especie de tubo, cuyas dimensiones llegan a ser considerables. Todos le decíamos que se opere, que "eso" le podía hacer mal, que esto, que lo otro..., nada. El Oreja no quería operarse. Y eso que la madre trabajaba en el Hospital y no costaba nada hacerlo operar cuando él quisiera..., nada. No quería. Se podrá pensar que era por temor a la anestesia o a los riesgos de toda operación, pero no. No era miedo. No era inconsciencia. No era dejadez. Los sábados a la noche,  el Oreja se ponía los pantalones ajustados y acomodaba su estirado testículo hacía un costado, simulando un pene enorme.
- A las chicas les encanta, decía.

Alberto López Camelo.

domingo, 16 de marzo de 2014


EL GORDO


Causaba impresión. Era verdaderamente enorme. No solo por su peso (a los 14 años andaría por los 90 kilos o más), si no por su altura. Mientras nosotros nos esforzábamos por llegar al metro treinta, él superaba el metro setenta. Daba miedo. Ninguno de nosotros se animaba a pelearse con él. Qué digo pelearse, ni siquiera a contradecirlo. Nadie quería ver al gordo enojado. A pesar de su tamaño, y especialmente cuando levantaba la voz, el gordo emitía en una frecuencia muy aguda. Tenía voz de pito, bah!. Esa voz no coincidía con su físico, pero todos nos guardábamos bien de hacérselo notar. El Gordo tenía dos hermanos: Lalo, el mayor y Armando, menor que él. Por ser tres varones y porque el padre tenía un buen trabajo, ellos eran los únicos que siempre contaban con pelota de fútbol, uno de los bienes más preciados en el barrio en aquellos primeros setentas. Lalo era generoso, jamás negaba la pelota aunque él no pudiera jugar, ni ponía condiciones para el préstamo. Con el Gordo ocurría todo lo contrario. Cada vez que jugábamos con él y Lalo no estaba, debíamos respetar todos sus caprichos: el gol valía si el gordo lo convalidaba; era penal cuando él lo disponía y todos debíamos obedecerle. –Si no, amenazaba, me llevo la pelota… Una tarde nos cansamos de sus caprichos. –Está bien, le dije, quedate solo. Nos vamos todos. Empezamos a abandonar la cancha dejando al Gordo en el medio del campo, con su pelota entre los brazos. De pronto escuchamos su voz, mas aflautada que nunca. -Muchachos, vuelvan. No lo hago mas, nos decía… Vi que estaba llorando a mares. Me di cuenta que se sintió solo. Y supe que el gordo, a pesar de su tamaño, era nada mas que un chico. Como nosotros.

Alberto López Camelo

sábado, 18 de enero de 2014




FÚTBOL PAMPA II







Es muy difícil precisar cuando nació la tradición, pero era bien representativa de nuestro barrio.
Todas las navidades y años nuevos se repetía el rito: brindis con la familia, juntada con los amigos, recorrida por todas las casas y truco y vino tinto en lo de chucha esperando el amanecer. Y ahí sí; partido de fútbol mañanero con todos los sobrevivientes, no importando su edad o condición.
Sería la navidad del ´74 o ´75. La cancha que entonces utilizábamos estaba a la altura del 80, pero metida como cien metros en el campo. Verano; pastizales y cardos, y en el medio ese remanso de tierra y pasto pisado. El rocío leve de la mañana y un montón de despojos humanos, con mas alcohol que sangre en las venas, tratando de jugar al fútbol y logrando, apenas, tenerse en pie, tirar patadas que casi nunca encontraban la pelota y casi siempre las piernas del adversario y protestando todo, discutiendo boludeces de borrachos y riéndose de chistes geniales que en poco tiempo eran absolutamente olvidados.
Si alguien cree que eso era decadente, tal vez tenga razón; pero era hermoso.
La mañana de marras el partido que la tradición mandaba se desarrollaba como siempre. En determinado momento, el pampa tomó la pelota, intentó una gambeta contra un rival que solo existía en su imaginación alimentada por los vahos del alcohol, se enredó en sus propias piernas y cayó en el centro de la cancha al grito de –Foul!. Por supuesto el partido siguió.
El pampa había caído boca abajo y, mientras todos seguíamos intentando saber cuál de las dos pelotas que veíamos era la real, él repetía –Foul,…foul…, cada vez con menos fuerza, hasta que su voz se apagó por completo.
Dos cosas decidieron al resto a actuar: la primera es que muchos se lo llevaban por delante. La segunda es que cada vez roncaba más fuerte.
Unos lo agarraron de las piernas y otros de la cabeza. Lo sacaron de la cancha y lo tiraron en los pastizales para que siguiera durmiendo la mona.
El partido continuó hasta que el sol subió lo suficiente como para partirnos la cabeza de dolor. Ahí cada uno se fue a su casa.
Por supuesto, ni idea del resultado, y no hablo de hoy que pasó mucho tiempo; en ese momento tampoco nadie sabía como habíamos salido, así que todos nos imaginábamos que habíamos ganado.
Con Gustavo fuimos a su casa y decidimos quedarnos despiertos hasta el mediodía, cuando las viejas se levantaban, comer lo que había quedado de la noche anterior y luego sí, ir a dormir todo lo que el cuerpo pidiera.
Boludeamos en la casa del negro toda la mañana. Al mediodía, nos fuimos a sentar al banco del 40, para evitar que nos asignen tareas hogareñas.
Estábamos ahí, haciendo nada, cuando vimos un bulto que se incorporaba en el medio del campo. Recién entonces nos acordamos del pampa. Nos acercamos y vimos como desaparecía en el pastizal para volver a incorporarse al rato, dar unos pasos vacilantes, caer, levantarse, meterse en la pequeña zanja que estaba en el borde del campo, llegar por fin hasta la calle, cruzar, pasar a nuestro lado mirando sin ver, todo picado de bichos y lleno de cardos pegados a su ropa y encarar a los tumbos hacia el 54.
Lo seguimos. 3 o 4 caídas más y llegó a la puerta. Doña Pocha le abrió y le descerrajó una puteada. El pampa contestó algo que no entendimos. Nos retiramos pudorosamente mientras nos cagábamos de risa descaradamente.






Alberto López Camelo

lunes, 13 de enero de 2014

FUTBOL PAMPA I






Alguien dijo que el Pampa era un personaje que contenía en sí a varios personajes. Creo que es cierto, pero el Pampa era, ante todo, una enorme contradicción. Me explico: si pidiéramos a distintas personas que lo describan, nos encontraríamos con palabras tales como borracho, pendenciero, fanfarrón, maleducado, sobrador, soez, insolente, abusador. Todas esas, o cualquiera de ellas, seguida de la palabra “querible”. He allí la contradicción constitutiva del pampa: no importa lo que hiciera, los que lo conocían lo seguían queriendo.

Sabedor de esa condición, el pampa abusaba. Caminaba por la cornisa. Y encima desde allí se burlaba de los demás. Tensaba la cuerda de sus relaciones todo lo que podía. Y si no se rompía era solo por que los demás le aceptaban un alto grado de impunidad. Él era así; inimputable.

Un ejemplo de su actitud, claro, contundente, lo dio en una recordada semifinal futbolística.

Los muchachos del barrio se anotaban todos los fines de semana en un campeonato de fútbol por plata. Bravos esos campeonatos. Muchas veces el premio que se ganaba no alcanzaba para pagar las curaciones de los jugadores. A medida que avanzaba el día, subía la graduación alcohólica de jugadores e hinchas y todo solía terminar en descomunales grescas y corridas. No eran para cualquiera.

La verdad, el representativo del barrio andaba mejor para tomar vino con Crush que para darle a la redonda. Su mayor esperanza era empatar e ir a penales. Allí el negro Daniel era infalible (de punta y arriba).

Un día se dio el milagro. A fuerza de definición por penales nuestros muchachos jugaban la semifinal. Partido duro, muchas patadas, mucho insulto…, normal. Faltando pocos minutos para el final iban perdiendo uno a cero. Cuando ya todo parecía perdido, el referee cobró un penal a favor. Salvados! Todos miraron a Daniel para que se haga cargo de la ejecución (de punta y arriba). No vieron que el pampa tenía la pelota bajo el brazo y se dirigía decidido hacia el punto del penal.

No hubo forma de convencerlo. Se había encaprichado en patear y nadie podía moverlo se esa postura. Héctor le dijo: -Está bien, patealo vos, pero mas vale que lo hagas.

El Pampa acomodó la pelota, tomó carrera y pegó el patadón de su vida. Mas o menos cinco metros por arriba del arco.

Se agarró la cabeza, pero enseguida dio media vuelta y caminó hacia su posición. Todos se le fueron encima, con claras intenciones de que su cabeza hiciera el mismo recorrido que la pelota. Tony lo increpó: - ¿Qué hiciste, PELOTUDO?. El pampa lo miró tranquilo y contestó: -Me deliré. ¿Vos nunca te deliraste?, y siguió muy orondo su marcha.

Todos se quedaron pasmados. El pampa tenía razón: ¿Quién no se había delirado alguna vez?. El precepto bíblico que indica que aquel que esté libre de culpas puede arrojar la primera piedra, aparecía en una sórdida canchita de fútbol del conurbano.

El pampa, otra vez, había caminado por la cornisa.

Y no se cayó.


Alberto López Camelo

sábado, 28 de diciembre de 2013



ALGUNAS HISTORIAS DE MI BARRIO..

RICARDO


La ciencia histórica no se ha decidido aún a buscar los orígenes de su apodo, por lo que solo nos queda navegar en las procelosas y oscuras aguas del mito urbano, siempre modificado y exagerado, pero conteniendo una parte, tal vez la esencial, de verdad.
Cuentan los que la tienen clara (pero Alá sabe más) que el apelativo nació una noche de juerga en las lejanas tierras de William Morris. Hasta allí se habían dirigido los muchachos del barrio en busca de un poco de sano esparcimiento. Fue el destino, traicionero e imprevisible, el que enredó a nuestros inocentes vecinos en una trifulca a palos con aborígenes locales. A los que hemos conocido a Hector, Nando, Rody, Tavo, Tony, Marcelo, etc., no nos cabe la más mínima duda que no tuvieron nada que ver con la iniciación de la lucha. Eran lo mejorcito del barrio y con eso alcanza para proclamar que la culpa estuvo del otro lado.
La gresca que se había armado se estaba inclinando, visiblemente, hacia los locales. Nuestros muchachos iniciaron entonces un prudente (pero veloz) repliegue hacia la estación de trenes. La suerte, por fin de su lado, quiso que llegaran en el momento exacto en que una formación del San Martín reiniciara su marcha con punto de llegada en la tranquila y bienamada ciudad de José C. Paz. Todos se abalanzaron hacia la seguridad del tren.
Todos menos uno: El Ricardo llegó tarde.
Y allí estaba, este prototipo de la paceñidad, solo y expuesto a los designios de los salvajes williammorrisenses (o williammorriseños, según el autor que tomemos). Como cristiano en la arena del Coliseo romano, enfrentaba con dignidad a los hambrientos leones.
Zapateá! - fue la orden -, zapateá si no querés que te caguemos a palo!.
Algunas versiones del mito cuentan que mientras Ricardo zapateaba, los bárbaros le tiraban tiros a las patas, solo por diversión. Lo cierto es que el sol sorprendió a Ricardo bailando malambo en la estación de William Morris y a sus captores hechizados por la gracia con que lo hacía.
Finalmente lo dejaron ir, con apenas unos cachetazos que, a esa altura, no se sabe muy bien si eran de desprecio o admiración.
Las horas que Ricardo malambeó para aquellos irracionales no entraron en el libro Guines de los records, lo que configura una verdadera injusticia. Pero ese fue el origen del apodo que lo acompañaría el resto de su vida en el barrio: “El pampa”.

Alberto López Camelo