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viernes, 13 de marzo de 2015

Detrás de la Cordillera
64

Con mucha ansiedad Patricio fue viviendo el resto del mes esperando el próximo turno de visitas, no se podía sacar a Elena de la cabeza. También por esos días la fiscalía militar comenzó a llamar a algunos detenidos para ser juzgados. Si bien, nadie confiada en tener un juicio justo, el hecho implicaba ser reconocidos como presos políticos y esto achicaba las posibilidades de ser asesinados.
Cada mañana, muy temprano, un grupo de diez o a lo sumo doce detenidos eran trasladados al continente. Al caer la tarde estaban de regreso, en sus rostros se leía la suerte corrida en el juicio. Las penas como mínimo eran de tres años y las más extensas de treinta cinco. Uno de los primeros condenados fue Iván Sepúlveda a quien le dieron la pena máxima. Al entrar a la barraca, todavía le quedaba ánimo para decir:
-Al salir tendré ciento tres años, no voy a ser tan viejo como para abandonar la pelea. Sepúlveda, era el más viejo de todo el penal y en su piel estaba escrita un párrafo de la historia de la clase obrera chilena y también de su actual tragedia. Tres de sus hijos estaban detenidos en distintas cárceles y un cuarto asesinado. Su nieto mayor, apenas un muchacho en estos momentos, años más tarde sería uno de los participantes del Manuel Rodríguez que atentó en el cajón del Maipú contra el dictador Pinochet.
No todos tomaban sus condenas con tanta entereza como Sepúlveda, para muchos el solo imaginar sus próximos cinco, diez o veinte años en la cárcel era devastador. En sí, el problema no era la cantidad de años de condena, sino el no poder imaginarse el porvenir. Un revolucionario es todo futuro, en esto, y no en otra cosa, está su fortaleza y las condenas parecían quebrar esto.
Al fin el tiempo paso y llegó el día de visitas. La ansiedad de Patricio acabó ese domingo, pero al ver a su madre y nuevamente a su hermana Leticia sintió que un latigazo lo derrumbaba. No hizo preguntas y su madre en ningún momento habló de Elena. Al caer la tarde, antes de irse su hermana sacó de entre sus ropas una carta y se la entregó. Es de Elena dijo en voz baja para que no escuche su madre. Patricio guardó la carta en el bolsillo y se despidió de sus familiares.
Por varios días el sobre lo mantuvo sin abrir. Una tarde de lluvia fina y transparente, lo encontró sentado al borde de la cama y, casi sin darse cuenta, leyó la carta.
Esa noche no probó bocado, con mucho esfuerzo, entrada la madrugada, se pudo dormir.
Días después fue trasladado hasta la fiscalía militar donde se desarrolló el juicio, una grandiosa farsa montada por la dictadura. Fue acusado de pertenecer a una asociación ilícita, por tenencia de armas de guerra para atentar contra el país, traición a la patria y de ser agente del gobierno cubano. Patricio fue condenado a treinta años de prisión, a cumplir, por su peligrosidad, en cárceles de máxima seguridad.
Por varios días no pudo salir de la zozobra provocada por la condena. Treinta años había dicho el juez envuelto en su impecable uniforme y firmó ampulosamente la sentencia. En su cabeza Patricio conjugaba un sólo verbo: resistir.


jueves, 5 de marzo de 2015

Detrás de la Cordillera
63

De a poco, la vida en la cárcel volvió a la normalidad. Las actividades en común se reanudaron  y hasta se agregaron nuevas, si bien las acusaciones lanzadas por cada grupo habían abierto heridas, con el correr del tiempo todo fue pasando al olvido.
 A  Patricio su canción le permitió pasar a ser un personaje conocido en todo el penal. Cuando se dirigía a cualquiera de las barracas, siempre encontraba una invitación para arrimarse a una charla,  una ronda de té o una pitada a los siempre escasos cigarrillos.
Con las próximas visitas Patricio tuvo dos sorpresa, una grata y la otra, no tanto. Junto con su madre vino una de sus hermanas, Leticia quien estaba casada con un militar de la marina. Patricio valoró  el esfuerzo y también el peligro que representaba tanto para su hermana, como para su cuñado esta visita. En cambio la ausencia de Elena era un espacio vacío y doloroso.  Le  pregunto a su madre por su mujer y esta respondió, que mandaba saludos y que no debía preocuparse, Elena estaba bien. No volvió a preguntar, entendía en el silencio de su madre que algo funcionaba mal.
Por varios días sus compañeros lo vieron caminando solo por el patio, evitando a los demás. Patricio elegía la soledad, todos sus pensamientos estaban con Elena. Necesitaba verla quería saber por boca de ella lo que estaba pasando.
 Una tarde caminaba solo por el patio, perdido en sus pensamientos, cuando al penal ingresó un jeep. Los guardias se apresuraron para tomar sus lugares y avisar al oficial de guardia, era el coronel, jefe del penal. El aire se llenó de órdenes y los detenidos fueron llamados a formar de inmediato.
 Patricio lentamente tomó su lugar. Una vez ubicado divisó que junto al militar estaba un detenido y enorme fue su sorpresa al reconocer a Guillermo Paniqueo.
El coronel con gestos ampulosos daba órdenes a diestra y siniestra. Un soldado le alcanzó un megáfono, para luego desaparecer corriendo hasta la formación donde los demás estaban en posición de firme.
Megáfono en mano, el coronel comenzó con el discurso:
- Soldados de Chile, aquí tenemos un peligroso subversivo. Y señaló a Guillermo Paniqueo.
-Es un enemigo de la patria y por la tanto lo es también de nuestro glorioso ejército, pero tiene un coraje  tan grande como esta isla. Durante días enteros fue maltratado y de su boca no salió ni un solo nombre. La piel le fue arrancada a lonjazos y luego se lo tiró en un barranco por que se lo creía muerto. Días después fue hallado por unos arrieros y entregado a las autoridades. En la enfermería donde fue alojado no se podía entrar por el olor a podrido que salía de su cuerpo. Nunca se quejo, jamás pidió clemencia. Un hombre integro. Y señalo a Paniqueo que sonrió con timidez
-Es un chileno cabal, hecho de la mejor madera y es una pena que halla perdido el rumbo e ingresado en las filas del enemigo. Quiero para mi tropa la misma madera, impregnada de coraje para defender sus convicciones, así  quiero que sean mis soldados. Porque nadie podrá decir jamás que nuestras armas han derrotado a un enemigo cobarde y esto, magnifica y enaltece la naturaleza de  nuestra causa  y también la grandeza de nuestra victoria.¡Soldados! Presenten armas, al prisionero Guillermo Paniqueo, saludo! ….UNO !!!
El jeep desapareció y en él, el coronel. Guillermo en cambio se quedo parado en el medio del patio. Patricio fue el primero en acercarse a saludarlo.





jueves, 26 de febrero de 2015

Detrás de la Cordillera
62

Con el transcurso de los días se fue poniendo al tanto de las novedades. La situación en el penal estaba en un momento crítico. La unidad del grupo estaba a punto de quebrarse. De hecho, en esos días, se habían conformado dos grandes grupos, por un lado, los militantes socialistas y comunistas y, por el otro, los miristas, el mapu y militantes sociales de organizaciones menores.
Todo comenzó con una fotocopia, que nadie sabía como había llegado al penal, de un texto de García Márquez. En este, el escritor colombiano analizaba en la figura del presidente Allende, a todo el proceso chileno… “La corte suprema, a quien el presidente respetó hasta sus últimas instancias, es quien ahora bendice la tortura y los fusilamientos...” Este era uno de los párrafos más sentido por todos los detenidos, en sus cuerpos estaba escrita esta verdad. También, el escritor ponía blanco sobre negro las contradicciones en el gobierno de la unidad popular.
La nota tuvo un efecto devastador, el debate jamás realizado sobre el gobierno de la unidad popular, ahora aparecía en toda su magnitud. Los comunistas y socialistas que hasta ese momento, apoyados en su mayoría, habían bloqueado la discusión, ahora estaban desbordados.
En cada rincón se discutía, pero las ideas claras y el espíritu auto-critico estaba escasamente representado. Cada organización se cerró en sus pareceres, y no reconoció haber dado  ningún paso en falso en los días del gobierno popular. La discusión franca estuvo ausente y cada encuentro acababa con una serie de mutuas acusaciones. Un abismo se fue abriendo entre todas las organizaciones y el último encuentro terminó con un intercambio feroz de insultos.
Fueron días duros. El clima  era de desconfianza, las actividades comunes estaban canceladas y cada grupo se encerraba en si mismo.
Con el correr de los días, y por el trabajo silencioso de algunos detenidos que no estaban encuadrados en ninguna organización, se fueron acercando las posiciones. En este grupo estaba el uruguayo Willy, que con suma astucia comenzó a correr la voz de que la fotocopia con el texto de García Márquez era falsa. Cada preso, sobre todos aquellos que tomaban partido en algunos de los grupos, se sintió culpable por haber entrado en la trampa.
 Con los independientes, además de Willy, estaba un pastor metodista,  Francisco Suárez, de él fue la idea de realizar una misa en memoria de Fernando Álvarez.
 Un sábado en la cancha de fútbol, en una soleada tarde, se improvisó un púlpito rodeado de bancos de madera que se trajeron del comedor. Un rato antes de comenzar el pastor Suárez se acercó a Patricio y le pidió que cantara en el cierre el tema a la memoria del compañero Álvarez.
Si bien la mayoría de los detenidos eran ateos o como mínimo agnósticos, nadie falto a la misa. El púlpito erigido justo en el medio de la cancha quedó rodeado de hombres que se aprestaron a escuchar en respetuoso silencio.
Desde el púlpito el pastor Suárez recordó a Fernando y su lucha. Contó como se habían conocido hace muchos años atrás. Él desde la iglesia de la callampa donde realizaba su tarea y Fernando desde el sindicato. También recordó las fraternales e interminables discusiones acerca de la existencia de Dios. Al final remarcó…
-Las diferencias nos fortalecen, debemos aprender a vivir con ellas, ponernos a diario en los zapatos del otro y tratar de comprender su punto de vista. Cuando logremos despojarnos de la soberbia que nos indica que la nuestra es la única verdad  estaremos a un paso de la victoria definitiva. El compañero Fernando comprendió como nadie esta consigna, la unidad en la diversidad nos hace invencibles…Compañero Fernando, que Dios y los pueblos te tengan siempre a su lado. ¡Amén!
-Amén-  Repitieron miles de voces emocionadas.
Al acercarse al púlpito, a Patricio las piernas le temblaban. Al llegar, las clavó con firmeza a la tierra y su vista buscó en el horizonte el mar lejano. Sus manos golpearon con suavidad las cuerdas y al  escuchar los primeros acordes comenzó desgranar su grave voz.
Cuando acabó de cantar su cuerpo se balanceaba sobre sus piernas y la emoción lo embargó de pies a cabeza. El cerrado aplauso de sus compañeros rompió como un fino cristal las cuerdas de sus sentimientos y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Fue rodeado por manos y abrazos de agradecimiento. Entre ellos estaba Iván Sepúlveda que emocionado le dijo
-Compañero Patricio, con su bella canción nos ha dado una lección a viejos sectarios como yo. Usted que es integrante del MIR le ha cantado con el corazón a un comunista…- Y no pudo continuar hablando, su voz fue cortada por un llanto profundo y un poco avergonzada, se retiró hacia un costado.


miércoles, 11 de febrero de 2015

detrás de la Cordillera
61

Fueron los treinta días más duros de su estadía en el penal. Nadie le dirigía la palabra. Cuando Patricio pedía algo, como ser hilo para coser una ropa, se la daban sin  mediar ni un monosílabo. Los únicos que le hablaban eran sus carceleros y hasta en un momento se sentía dichoso cuando alguno de ellos lo llamaba con un seco: “diez catorce”, que era su numero de interno.
A la hora del recreo, se acercaba a algún grupo de los muchos que se formaban en el patio. Algunos, al verlo continuaban hablando y lo ignoraban. La mayoría se alejaban de él, era un verdadero paria. Entonces comprendió la importancia del colectivo al cual pertenecía, sin sus compañeros no era nada, sólo una cifra, apenas un número. El diez catorce.
Con el correr de los días no forzó más la situación y el mismo se alejaba de todos. Caminaba hasta el borde mismo de la cerca electrificada y su vista se perdía buscando el mar inmenso. El viento que cruzaba la isla traía el ruido de las olas y también le trajo el recuerdo del compañero Fernando Huidobro. Infinidad  de veces lo había observado en ese mismo lugar, donde ahora él estaba parado buscando respuestas en el viento.
El rumor lejano del mar le trajo una melodía que Patricio tradujo con sencillez en la guitarra. De ahí en más, todo su tiempo y el silencio que lo rodeaba, estuvo puesto en ir armando, letra a letra, una poesía. Días antes de cumplir la sanción, su esfuerzo dio frutos y una hermosa canción había nacido desde el silencio. Sentía que el corazón le retumbaba en el pecho y tenía ganas de llamar a gritos a sus amigos para contarles, pero no era posible.
 Un martes por la mañana, antes de ir por la taza de té y el bollo de pan, un compañero de la comisión se le acercó y le dijo con solemnidad:
-Compañero Patricio quiero comunicarle en nombre de la comisión de disciplina revolucionaria que ha cumplido con la sanción. Esperamos que en usted no quede rencor y que entienda que para nosotros no fue fácil tomar esta medida. También quiero felicitarlo en nombre de todos por que ha demostrado entereza y dignidad en este mal trance. Al terminar, extendió su mano derecha y Patricio sin decir palabra también ofreció la suya.

Una vez en el comedor, de uno en vez todos se acercaron a saludarlo. El primero fue el corcho Barrios, que no dejó pasar la oportunidad y con una sonrisa en los labios, lo invitó a jugar un partido de fútbol. Patricio respondió con una estruendosa e infinita puteada que se fue perdiendo entre las carcajadas de los demás a lo largo de la barraca.

lunes, 9 de febrero de 2015

Detrás de la Cordillera
60

Todas las nuevas actividades contaron con una masiva participación de los detenidos, pero lo que más los entusiasmó fue el campeonato de fútbol. En cada pabellón se organizaron distintos equipos y se anotaron para participar hasta aquellos menos dotados para el juego.
 Los domingos, después del almuerzo, comenzaban los partidos con todos los presos rodeando la cancha. En una improvisada tarima Roberto Ahumada, el mismo que contaba las películas, era el relator oficial. Cada equipo tenía su respectiva hinchada y a medida que el campeonato avanzaba cada pabellón acompañaba al equipo de su sector.
 Patricio se destacaba en su equipo y a pesar de su estatura se las ingeniaba para jugar de centro delantero. Le pegaba bien,  con las dos piernas y tenía olfato de goleador. Siempre en el área estaba ubicado donde debía estar, y era difícil que perdiera en un mano a mano con el arquero. Su descontrol era el talón de Aquiles en el juego. Comenzaba con protestas al árbitro, gestos hacia algún compañero por una pared no devuelta, y, por lo general, terminaba poniendo una pierna más fuerte de lo permitido. En un partido con el resultado muy cerrado su temperamento volvió a jugarle una mala pasada. El corcho Barrios le puso una pelota en profundidad, Patricio, con un pique corto, le sacó ventaja al defensa pero, el arquero, atento a la jugada, llegó primero a la pelota. Patricio igual remató sobre las manos de su oponente. El árbitro no dudó, cobró la infracción y además decretó la expulsión de Quesada. El arquero quedó en el piso revolcándose de dolor, al tiempo que Patricio aceptaba a regañadientes el fallo del árbitro. Una vez en la enfermería, se le diagnosticó la fractura de dos dedos de su mano derecha. El partido no continuó y el torneo estuvo a punto de suspenderse.
La organización del campeonato aplicó duras sanciones. Al equipo infractor le dieron por perdido el partido y Patricio fue suspendido y no volvió a jugar en el resto del torneo.
 También tomó cartas en el asunto la comisión de disciplina revolucionaria. Esta comisión estaba formada por un integrante de cada organización política. Sus componentes eran personas dotadas de una larga militancia, pero a la vez eran respetados y tenían un consenso abrumador entre todos los detenidos.  En un primer momento cuando se lo comunicaron, Patricio no lo tomó en serio, pensó que era una broma del corcho Barrios. Se equivocó, días después tuvo su primera entrevista para contar su versión de los hechos y hacer su descargo.
La comisión de disciplina le aplicó una severa sanción. Por treinta días nadie en el penal le dirigiría la palabra. Entre los fundamentos dados se dijo, que el compañero había tenido una actitud pequeño burguesa. Que confundió emulación por competencia, y que el campeonato de fútbol estaba enmarcado, como las otras actividades, con el objetivo de crear las mejores condiciones en la convivencia de todos. Por consiguiente, todo aquello que llevara a la rivalidad, tanto en lo individual como en lo sectorial, debía ser sancionado por que atentaba a la fortaleza de todos los compañeros.

Patricio aceptó su falta y le hizo un  pedido a la comisión.  No perder su turno con la guitarra. La comisión, teniendo en cuenta sus antecedentes,  accedió a su solicitud.

sábado, 31 de enero de 2015

Detrás de la Cordillera
59

Patricio se había creado en un fundo enorme en el sur del país, donde su padre se desempeñaba como mayordomo. En el establecimiento, su padre manejaba a los  peones con manos de hierro y de la misma forma a su numerosa  familia. El látigo lo usaba a destajo, con él coloreaba las espaldas tanto de sus hijos como las de los peones. Tampoco faltaba del recado de su caballo una moderna carabina, regalo de los patrones que él lucía con orgullo.
Los domingos por la tarde Patricio aprovechaba que su padre dormía borracho para escaparse acompañado de otros dos muchachos. Con ellos recorría más de tres leguas para poder llegar hasta un caserío donde unos evangelistas oraban y alababan al señor tocando la guitarra. Para sus compañeros, de alrededor de quince años cada uno, el motivo para semejante esfuerzo era que en la improvisada iglesia estaba lleno de niñas de su edad. Para Patricio en cambio, que tenía doce años, esto poco le interesaba, su única motivación era tocar la guitarra. En los descansos de los pastores músicos corría hasta donde estaban las guitarras y se apropiaba de una. Más de una vez se ligó un bofetón por su osadía, pero a larga consiguió lo que buscaba. La mujer del pastor viendo su entusiasmo se ofreció a enseñarle. De está manera entre gloria al señor y aleluya, Patricio aprendió las primeras notas.
Desde ese momento, esperaba la borrachera dominical de su padre, con su posterior siesta que terminaba inexorablemente el lunes, con alegría.
Un domingo todo salió de la habitual rutina. Su padre ensilló su caballo y salió de la casa muy temprano para volver un poco antes del mediodía. A la hora del almuerzo rechazó la bebida que la mujer le alcanzó y tomó la comida sin decir palabra, cada tanto clavaba la miraba en Patricio, que  al sentirse observado temblaba.
Una vez que acabaron de comer, Patricio acompañó a su padre hasta el patio, donde tras un gesto de él  montó a caballo y lo siguió sin decir palabra. Antes de dejar atrás la última tranquera, el padre sin aminorar el galope y mirando a Patricio, le entregó el látigo y le dijo:
     - Cuídelo bien y hágame acordar que de vuelta en las casas lo tengo que azotar. En el resto del viaje no volvió a dirigirle la palabra ni a mirarle. Patricio tragó una a una sus lágrimas al tiempo que el látigo le quemaba las manos.
Al  llegar al caserío donde los evangelistas estaban poniendo los bancos en un gran patio, desmontaron  de los caballos. El padre de Patricio, sin pérdida de tiempo, se dirigió hacia el pastor, que al verlo venir salió a su encuentro con paso dubitativo.
-Que gusto tenerlo de visita en nuestro humilde templo…- No pudo continuar hablando, con un solo gesto el padre de Patricio lo interrumpió. Luego habló con voz fuerte para que todos escuchen y entendieran que él, Segundo Quesada era capaz de mandar hasta el propio pastor
-…. A partir de hoy nada de guitarra. Si no, alzan sus cosas y se mandan a mudar, ya lo saben. Así dio término a una larga diatriba. Todos a su alrededor escuchaban en silencio, luego dio media vuelta y se dirigió hacia su caballo.
El pastor se animó a esgrimir una tenue defensa en favor de la música
-Por favor Don Segundo, la guitarra nos ayuda para que la gente se acerque y aprenda a honrar al señor
El viejo Quesada detuvo por un momento la marcha y señalándolos con su mano sentenció
-Todos ustedes están traicionando a los patrones. Ellos, como son buenos, autorizaron esto y ustedes se reúnen para jaranear. La guitarra trae el vicio y el vicio hace los vagos, y aquí no queremos ningún vago, ¿Entendieron?           
-Si patrón Contestaron todos con la cabeza gacha. Patricio permanecía parado al lado del caballo, enrojecido por la vergüenza.
Con una paliza espectacular que lo dejó por varios días de cama terminó su primer contacto con la guitarra, pero esto no aminoró sus ansias, por el contrario, las acrecentó.
    -  Quesada, Quesada, paso tu tiempo pasa la guitarra al siguiente compañero.  Patricio salio de sus recuerdos y le entrego el instrumento al siguiente


jueves, 22 de enero de 2015

Detrás de la Cordillera
58

Los días siguientes fueron un largo calvario para los detenidos. El asesinato de Fernando fue un duro golpe para todos. La muerte del compañero sacó del interior de cada uno, eso que estaba latente. La posibilidad de salir con vida del presidio era una utopía. Muchos detenidos no se levantaban de sus camas y enfermaban, nadie conversaba con nadie, todo era tristeza y silencio. Ni la noticia de que los militares habían autorizado una visita extraordinaria, donde no sólo podrían ingresar familiares directos, cambió el estado de ánimo de los presos. Pero una vez más aparecieron los imprescindibles, esas personas que sacando temple de donde casi nada queda, se ponen al frente de las situaciones y arrastran a los demás. Poco a poco todo se fue superando, y cuando se recibieron a las visitas el estado de ánimo estaba otra vez en alto para seguir dando pelea.
Por boca de los familiares se pudieron enterar que la muerte de Fernando había puesto en serios apuros a la dictadura. La noticia de la muerte rompió el corral de la censura y apareció en algunos medios. Corresponsales extranjeros contaron al mundo pormenores del hecho y pusieron al desnudo y al conocimiento de todos, en qué condiciones eran tratados los presos políticos en Chile.
Sin ninguna duda la presión internacional dio algunos frutos. Los jerarcas del penal, no atenuaron la rígida disciplina, pero sí, en cambio autorizaron una serie de eventos. Así nació la cancha de fútbol y el primer campeonato interno, los talleres de manualidades y de teatro. También salieron de la clandestinidad las funciones de cine relatado, teniendo su horario oficial los martes y jueves después de cenar. Los militares autorizaron el ingreso de algunas guitarras, siempre que los detenidos prometieran no cantar canciones de protesta. Las guitarras pasaban de en mano en mano y cada detenido tenía derecho absoluto sobre ella unos quince minutos cada tres días. Patricio fue uno de los primeros de anotarse en la larga lista y esperaba su turno con ansiedad.
La guitarra, para Patricio, siempre había sido un imán poderoso y no podía negarse ir hacia ella. Cuando al fin le tocó su turno, buscó un rincón apartado y muy lentamente fue acariciando ese cuerpo de madera encantada. Con la primera melodía su cuerpo se llenó de éxtasis y no pudo dejar de recordar su primer encuentro con una guitarra.



miércoles, 14 de enero de 2015

Detrás de la Cordillera
57

Días después de estos hechos llegaron los comandos. Comenzaron con una requisa a fondo y repartieron bastonazos a todo aquello que encontraran en su camino. De gritos, amenazas y golpes se fueron llenando todos los espacios de la cárcel, todo se inundó de una violencia demencial.
En uno de los baños, improvisaron una sala de torturas y cuando se atestó, los tormentos continuaron al aire libre, debajo de unos árboles. Por estos lugares pasaban en tandas los detenidos, no existía una selección previa cualquiera podía ser el elegido, pero a todos le hacían cantar la internacional mientras eran devastados por la electricidad o los golpes.
Al caer la tarde, la prisión era la imagen cabal de la barbarie, era una postal inequívoca del sadismo y la locura que los militares eran capaces de desatar. Cuerpos ensangrentados por doquier, llantos, quejidos y los alaridos de los últimos torturados, se confundían con los primeros pedazos de la noche. A pesar de esto los militares aún no estaban conformes. Antes de retirarse formaron a todos los detenidos en el patio y tomándose todo el tiempo del mundo seleccionaron a tres detenidos para llevárselos con ellos hasta el continente. Los elegidos, Iván Sepúlveda,  Octavio Aravena Navarro y Fernando Huidobro, ellos eran los símbolo de todos los detenidos y esto era reconocido por los militares
Esa noche no hubo cena en la prisión. Luego de un té aguado con un bollo de pan, los detenidos fueron conducidos hasta las barracas. Una vez que se apagaron las luces, en cada dormitorio comenzó una intensa tarea. Se trataba de socorrer a los presos más golpeados. El pequeño botiquín pasaba de un lado al otro y las escasas pertenencias existentes se terminaron en apenas unos minutos. Era poco lo que se podía hacer con apenas unas aspirinas y varios paquetes de gasas, pero lo importante era llegar hasta el camarada dolorido con una palabra de aliento y una mano fraterna.
Al toque de diana, unos pocos eran los habían podido dormir. Tanto en la formación como en el comedor en el momento del desayuno, el silencio y la incertidumbre era una inmensa manta que los cubría a todos. Los carceleros no eran ajenos a esta situación. Se los notaba nerviosos y hasta esquivaban las miradas directas de los presos. El propio sargento Peña que siempre estaba con la sonrisa a flor de labios y una chanza para alguno de los detenidos, esta mañana tenía el gesto adusto. Caminaba y golpeaba con su  fusta sobre los tacos de sus botas.
Un poco antes del mediodía, los malos presentimientos de todos se hicieron realidad. La reja electrificada se abrió para dar paso a una camioneta y de ella bajaron, maltrechos pero con vida Sepúlveda y Aravena Navarro. Todos los presos los fueron rodeando en el patio, pero ninguno se atrevía a preguntar, no eran necesarias las palabras. Fernando había sido asesinado.
El patio  se llenó de rostros sombríos, de cabezas gachas, de miradas hacia ninguna parte y de corazones latiendo con desesperación. El dolor era algo tangible, se podía palpar, oler, respirar, era inmenso e infinito, era una costra adherida en la piel de cada uno de los detenidos.
Mil quinientos hombres endurecidos por la cárcel, a quienes la dictadura le había arrancado la vida de esposas, hijos, hermanos, compañeros, ahora lloraban la muerte de Fernando. No era un muerto más, era el primero de caer en el presidio y esto le daba otro significado. Mil quinientos hombres endurecidos por la muerte, lloraron en silencio, con lágrimas profundas y espesas arrancadas de sus corazones ajados. Así pasaron toda la tarde, ni la lluvia  pudo retirarlos del patio, como tampoco los militares que apuntando sus ametralladoras ordenaron que se dispersaran hacia las barracas. Los detenidos estaban inundados de dolor, los carceleros de miedo.









jueves, 8 de enero de 2015

 Detrás de la Cordillera
56

A los pocos días de su llegada los hermanos eran los protegidos de todo el penal. Alguien con mucho sentido de humor los comenzó a llamar “los hermanos coraje”, tomando a los personajes de una famosa telenovela mejicana de la época. A los hermanos no les molestó el apodo y cuando eran así llamados sonreían de una manera clara y amplia.
Todos se preocupaban por los coraje, más cuando contaron la historia de su detención. Los hermanos se habían trasladado, unos días antes del golpe de estado, desde de un pequeño poblado del sur hasta los alrededores de la ciudad. Allí levantaron una casa precaria en una callampa y enseguida fueron contratados para pintar casas. Las cosas comenzaban a mejorar para los hermanos que soñaban con traer a su madre que había quedado en el sur.
El contratista comenzó a demorarse con los pagos de los jornales, en poco tiempo les estaba debiendo varias quincenas. Al término de la obra, los coraje reclamaron por sus salarios y el contratista resolvió el problema de forma sencilla. Usó algunas influencias que tenía en el cuerpo de carabineros y denunció a los hermanos como presuntos subversivos. En el destacamento los molieron a palos y los pusieron a disposición de la fiscalía militar.
En su vida, los tres hermanos jamás habían participado en política. Hasta su pueblo no había llegado el proceso de la unidad popular y las relaciones con los dueños de la tierra siguieron durante esos años de manera inalterable. Socialismo, comunismo, MIR, reforma agraria, eran palabras desconocidas para los hermanos. Cualquiera que hablara con ellos podía darse cuenta de esto y sin duda esto también lo habían percibido los interrogadores. Aún así los coraje acabaron en la cárcel.
Con el paso de las semanas los hermanos se incorporaron a las distintas tareas y a la rutina carcelaria. Varios detenidos se ofrecieron a enseñarles a leer y a escribir, si bien los tres sabían leer, lo hacían con mucha dificultad. Los coraje estudiaban con avidez, como sólo pueden hacerlo aquellos que no tuvieron las oportunidades. En poco tiempo los hermanos leían de corrido cualquier texto. Era risueño ver cuando cualquiera de los detenidos se cruzaba con algunos de los hermanos y le preguntaba:
-Coraje, ¿cuánto es ocho por ocho? El muchacho respondía seriamente, como si estuviera ante una mesa examinadora y una vez que le decían que la respuesta era acertada, sonreía a cara llena.
Una vez más, el patio de la prisión se llenó de risas y júbilo, era día de visitas. En las largas mesas se colocaban los alimentos que traían los familiares y se hacía una merienda colectiva. En un momento las voces se apagaron y todas las miradas se fijaron en una vieja mujer que era trasladada en una destartalada carretilla. La mujer toda vestida de negro se bamboleaba con el traqueteo del improvisado vehículo, pero sus manos no tomaban el borde de la carretilla sino aferraban contra su pecho una inmensa bolsa de naranjas. Los tres hermanos coraje corrieron hacia su encuentro, mientras al resto de los presentes se le llenaban los ojos de lágrimas y las voces de silencio. Pero el viejo y mítico Iván Sepúlveda, venciendo el llanto y de frente a los coraje que rodeaban a su madre, con firmeza en la voz,  comenzó a cantar la Internacional. El patio entonces, se volvió una sola voz y cientos de puños se izaron saludando el claro cielo.
Los militares miraban impávidos la escena sin saber que hacer. Los soldados, paralizados, esperaban una orden de los suboficiales y a su vez estos, buscaban a los oficiales, pero la orden de intervenir no llegaba. El teniente coronel que estaba a cargo del penal se hizo cargo de la situación tomando un megáfono en sus manos y ordenando silencio bajo pena de terminar con el horario de visitas. La orden llegó en el mismo momento que Iván Sepúlveda gritó:
-¡Compañero Salvador Allende,  presente!

-¡Presente!- Contestaron los detenidos. Luego se hizo silencio y todo volvió a la normalidad.

jueves, 1 de enero de 2015

Detrás de la Cordillera
55

Fernando Huidobro era uno de los detenidos más respetados de la prisión, con más de cincuenta años de militancia sobre sus hombros y con una conducta intachable tanto en el sindicato como en su vida privada. En las últimas elecciones había sido elegido alcalde de una importante ciudad por una abrumadora mayoría de votos. Bonachón, siempre sonriente, caminaba erguido desde su metro ochenta, entre los distintos grupos de presos, conversando con todos y siempre llevando una palabra llena de optimismo. Al hablar se alisaba la barba cana que había negado a cortarse desde el día que ingresó al penal, esta actitud le valió todo el odio de los militares que siempre lo tenían de candidato a la hora de golpear a alguien. Para los detenidos jóvenes como el caso de Patricio, era por demás significativo poder compartir la charla con Fernando, que era casi una leyenda en la historia del partido comunista y de la clase obrera chilena. Algunos días Fernando dejaba sus habituales caminatas y charlas y se alejaba de todos. Se paraba muy cerca de la cerca electrificada y sus ojos se perdían en la distancia buscando el mar, sabiendo que un poco más allá estaba su ciudad. Todos los detenidos respetaban los silencios de Fernando, nadie se atrevía a acercarse ni a llamarlo, lo miraban desde lejos a ese hombre optimista que, a veces se llenaba de nostalgias.
Cada comisión buscaba las distintas maneras de integrar a cada detenido a tareas comunes. Por todos los medios posibles se intentaba hacer la vida un poco menos dura y la inventiva para esto parecía ser una cantera inagotable.
Dos veces por semana en cada pabellón se daba cine. La función consistía en algo muy sencillo, algunos de los detenidos contaba una película y el resto disfrutaba en silencio y en la oscuridad del relato. Con el correr del tiempo el método se fue perfeccionando y hasta hubo contadores preferidos. Uno de ellos era Roberto Ahumada quien había sido locutor de radio Magallanes, emisora que permaneció leal al gobierno constitucional hasta que sus puertas fueron echadas abajo por los militares. Sus relatos de películas eran una obra literaria, el tono de su voz marcaba los distintos climas y hasta más de una vez tarareó la música del film. Se sospechaba que cambiaba el guión original, pero a nadie le importaba demasiado, es más, muchas películas mejoraban notoriamente en estas versiones libres.
Las sesiones de cine fueron una de las primeras actividades que autorizaron loa militares, es cierto que cuando llegó este permiso la actividad estaba instalada en todos los detenidos pero con la autorización se pudo mejorar y se dio paso a otra nuevas.
Cada día en la prisión se vivía intensamente. Las tareas asignadas a cada grupo se tomaban como una terapia para escapar en cierta forma de la locura del encierro. Cada detenido presumía en su intimidad  que las posibilidades de salir de vivo de allí eran por demás escasas pero esto jamás se comentaba. Todos se esforzaban en mantener el optimismo y la moral en alto.
Una tarde calurosa de Febrero, las puertas de la cerca electrificada se abrieron para dar paso a una camioneta. Estacionó en el medio del patio y de ella bajaron tambaleantes tres jóvenes. Los presos que se encontraban en el patio miraron sorprendidos, hacía meses que la prisión no recibía nuevos detenidos. Los muchachos se quedaron con sus bártulos en las manos y la cabeza gacha, parados en el patio. Un grupo detenidos, se acercó y ofreció su ayuda para trasladarlos hasta los pabellones. A simple vista se advertía que los muchachos eran hermanos y también por su forma de expresarse que eran campesinos. Los tres habían sido muy maltratados, el mayor, Esteban apenas podía caminar, pero sin duda, el que recibió la peor parte en la tortura era Isidoro, el menor. Desde las puntas de los dedos le  chorreaba la pus, y las uñas de sus manos eran inexistentes. Todos los presos habían sido torturados, pero al ver el salvajismo en el cuerpo de un compañero los llenaba de indignación.


sábado, 27 de diciembre de 2014

Detrás de la Cordillera
54

Entre los imprescindibles estaba un ingeniero franco-uruguayo al que todos llamaban Willy, ya que su nombre era un jeroglífico imposible de pronunciar. Willy era una persona muy particular, de escasas palabras y extremadamente reservado. Por lo  general cuando opinaba se destacaba por su agudeza para poder separar lo importante de lo secundario.
Tenía una situación procesal complicada, existía un pedido de extradición del gobierno uruguayo y una pesada acusación de la fiscalía militar. Por suerte para el ingeniero, su madre era francesa y la embajada de ese país estaba intercediendo para conseguir su libertad. El delito que se le imputaba era pertenecer a una organización terrorista internacional, que por supuesto tenía su base central en Cuba. Nada de esto era cierto, Willy era uno más de los tantos profesionales que se acercaron a colaborar con el proceso chileno. Desde el mismo momento de su llegada había trabajado en las minas del norte del país en un ambicioso plan de vivienda. Las indignas casas de madera donde por años se habían hacinados los mineros se tiraban abajo, ahora vivían en  confortables casas que, además, se construyeron con el trabajo comunitario. Cuando Willy hablaba de esta experiencia se trasformaba, dejaba de ser ese tipo cauto, medido, equilibrado y se convertía en un narrador apasionado, su voz se volvía dulce y hasta se le erizaban los pelos de su cabellera colorada.
Políticamente, Willy se caracterizaba a sí mismo como un anarco-socialista y esto, aunque parezca disparatado, era acertado. Contaba con una sólida formación teórica, basada en las ideas de los fundadores del anarquismo y una, no menor, de los clásicos del socialismo; pero lo más importante era cómo Willy se manejaba en situaciones difíciles y cómo con sus actitudes arrastraba a los demás a superarlas.  Ignacio Toro muchas veces decía, mitad en broma mitad en serio, que para situaciones difíciles lo mejor es siempre tener un anarquista a mano. Todos reían al escuchar esto pero también todos reconocían que con Willy esto era una inmensa verdad.
Con el transcurso de los días las cosas volvieron a los carriles normales. Las distintas comisiones sacaron conclusiones de lo vivido y tomaron algunas medidas, al menos para amenguar los desbordes emocionales. Estos hechos no volvieron a repetirse, ni aun cuando las visitas se volvieron mensuales.
Los días en la  cárcel eran una larga cadena de luchas ínfimas y diarias. Si bien a medida que pasaba el tiempo, la posibilidad de que los mataran se alejaba, la supervivencia pasaba por otros carriles. Se trataba de sobrevivir con dignidad, no pactando con el enemigo que trataba por todos los medios de comprarlos con pequeñas prebendas para quebrar la unidad del grupo. No obstante, la violencia física siempre estaba presente y se multiplicaba con la llegada de los comandos. Una mañana apenas el sol se había asomado, cuando varios jeep, repletos de comandos bajaron desde el camino de la comandancia. Los presos estaban  en el patio esperando para salir a hacer las distintas tareas, cuando irrumpieron con sus gritos, sus golpes y sus caras llenas de odio y tizne. Llamaba la atención como los comandos ignoraban por completo a los oficiales que estaban a cargo del penal. Apenas le dirigían la palabra, en cambio para los soldados y suboficiales el trato era casi el mismo que le brindaban a los detenidos, lo único que faltaba eran las golpizas.
Los detenidos fueron obligados a formar a las puertas de cada pabellón con todas sus pertenencias. Los cofres fueron vaciados y todo el contenido depositado dentro de una manta. Con todos sus cacharros a la rastra, de uno en vez, cada preso pasó por una minuciosa requisa, la falta de algún elemento del equipo provisto era castigada con  golpes e insultos.
No encontraron nada que les procurara motivos para descargar su furia, pero aun así dieron rienda suelta a su ferocidad. El resto de la mañana se entretuvieron con un perverso juego. Este consistía en hacer acostar los presos de panza al suelo y que los soldados corrieran carreras pisando las espaldas de los detenidos. Los comandos disfrutaban con la situación alentando y apostando por cada soldado, hasta que en un momento de suma algarabía ellos mismos participaron de las carreras.
Cuando todo se volvió rutinario y las caídas ya no producían sonoras carcajadas, a uno de los jefes, haciendo gala de un sadismo infinito, se le ocurrió algo para hacer un poco más atractivo la situación. Los soldados empuñaron sus fusiles con sus bayonetas caladas para emprender la loca carrera, ahora cada caída podía producir una herida.

Un poco antes del mediodía terminó el calvario. Los comandos ya saciados de dar gritos y golpes, dejaron la isla. Esto trajo alivio para todos, lo terrible fue que con ellos se llevaron a cinco presos. Siempre hacían lo mismo, era como dejar una estaca de incertidumbre clavada en cada uno de los detenidos, que no podían dejar de pensar en sus compañeros. Esta vez hubo suerte, la estadía de los cinco en el continente fue breve y esa misma noche fueron devueltos al penal, golpeados pero con vida. 

viernes, 19 de diciembre de 2014

Detrás de la Cordillera
53

Al final del mes de noviembre, una noticia conmovió y emocionó a todos los detenidos. La fiscalía militar, atendiendo un pedido de la iglesia católica, autorizaba que los presos pudieran recibir la visita de dos familiares directos. Los preparativos para recibir a los familiares fueron intensos y la ansiedad embargó a todos los detenidos con el transcurrir de los días.
Para las visitas se acondicionó el patio. Se trajeron las largas mesas del comedor y los bancos de madera. Todo quedo limpio y ordenado, era muy importante el momento que iban a vivir.
Los familiares tuvieron que acreditarse en el continente, donde en primer lugar, firmaron una cantidad infinita de papeles, luego pasaron por una humillante requisa. Una vez que llegaron a la isla, todo esto se repitió. Las cartas y las ropas de abrigo les fueron confiscadas, bajo promesa de que una vez que pasaran por los controles les serían entregadas a cada recluso.
Una vez que terminaron con todo esto, las visitas en grupos de veinte o treinta eran acompañadas hasta el patio por un soldado. Al mismo tiempo por los parlantes llamaban a los detenidos para que salgan del pabellón para ir al encuentro de su familia.
Emocionante era ver como el patio se poblaba de besos, risas y llantos. Las mesas se llenaron de rostros plenos de esperanza. En cambio en los pabellones crecía la angustia de aquellos que aún no habían recibido visita. Esperaban ilusionados ser nombrados por los parlantes y cuando esto sucedía muchos corrían hasta el patio. Por suerte muy pocos detenidos no recibieron visitas, algunos porque sus familias tenían que cruzar medio país para poder llegar, otros fueron impedidos por la burocracia militar. Así les sucedió a varios detenidos, que al no estar casados  no se les permitió a sus compañeras el derecho a la visita.
El patio era una inmensa fiesta popular, a nadie le importaba estar rodeado de cercas electrificas, ni de torres con sus ametralladoras listas para disparar, eso era parte de otro paisaje. Hoy lo único valedero e importante era ese momento único y maravilloso que estaban viviendo. Todo lo demás poco contaba, ni el pasado doloroso ni el futuro incierto tenía la menor importancia, la vida les regalaba un instante de sosiego y todos lo disfrutaban.
Patricio recibió a su madre y a su esposa en medió de un llanto profundo de los tres. Una vez que las emociones se fueron a sosegando las palabras comenzaron a salir de las bocas como disparadas en ráfagas continuas. No había un instante para permanecer en silencio, los tres se preguntaban y contestaban al unísono, cada palabra estaba mezclada con risas, besos y caricias. Elena contó que le había escrito una docena de cartas, y que ahora estaban en poder de los milicos y  en una de ellas estaba una foto del pequeño Lautaro.
En un momento de la charla Patricio levantó la vista y vio como el corcho Barrios se despedía de una persona con un inexpresivo apretón de manos. Luego su amigo se alejó llevando un enorme paquete hacia los pabellones.
Corcho, corcho, corcho!- Gritó insistiendo en el llamado, pero su voz se perdía entre el murmullo de los demás. Sin perdida de tiempo salió al trote, para alcanzar a su amigo antes de que cruzara el retén de guardia que separaba el patio de los pabellones.
Barrios tenía la cara desencajada y no podía disimular que un llanto contenido le llenaba los ojos. Cuando enfrentó a Patricio se quebró, las lágrimas le comenzaron  a caer en borbotones y sacando de entre sus ropas le entregó una coqueta tarjeta personal, Patricio quedó perplejo.
-Te das cuenta Patricio, mi familia en vez de venir a verme me manda un abogado y kilos de comida- Dijo Barrios señalando la enorme caja que había dejado a su lado. Patricio consoló a su amigo y además lo convenció para regresar al patio.
Atardecía cuando por los parlantes informaron que había terminado la hora de las visitas. Los familiares se dirigieron en silencio hasta los muelles, donde esperaban las lanchas y los detenidos marcharon hacia sus respectivos pabellones. En sólo cinco minutos todo se impregnó de tristeza. Esa noche no hubo charlas alrededor de las camas, mucho menos chistes o anécdotas picarescas de esas que hacían reír a todos, solo hubo silencio y más silencio.
Al otro día, el clima emocional de todos no cambió. En la propia formación se notaba el aire enrarecido con escasas palabras y gestos duros. Por primera vez desde su llegada a la cárcel, Patricio presenció como por una cosa sin importancia dos detenidos estuvieron a punto de golpearse. La situación empeoraba con el paso de las horas, la relación entre los detenidos se convirtió en un caos. Era como si de repente la mayoría hubiera enloquecido, la solidaridad se convertía en individualismo, todo lo que ayer era pan ahora era pura mierda.

Entonces fue en esos momentos críticos que aparecieron los imprescindibles, esa personas que sacan fuerzas extra para poder, con su ejemplo, contagiar a los demás.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Detrás de la Cordillera
52

El corcho Barrios jamás dudó en la victoria, estaba totalmente convencido que no sólo las fuerzas armadas saldrían a las calles, sino también el pueblo para terminar con la tiranía. Era obtuso en el pensamiento, cuando algún compañero señalaba  que el gobierno tenía una extraordinaria capacidad  de movilización, Barrios se negaba a discutir ese punto.
¡Obligan a la gente a ir, los camiones los llenan a punta de bayoneta y  reparten bolsones con alimentos, los pobres van por necesidad! Pensemos… los pobres siempre han sido buenos chilenos, ¿por qué van cambiar ahora? Y cerraba la discusión con un golpe en la mesa y una catarata de insultos.
El odio que sentía por el marxismo y la izquierda era total, los culpaba de todo y en cierta forma tenía razón ya que su mundo de privilegios había quedado sepultado con los nuevos derechos de las mayorías. Aún así, a pesar de su odio, era amplio para aceptar distintas formas de pensamiento en sus amigos. Por supuesto que todas sus amistades pertenecían a su misma clase social, con ellos se permitía la discusión franca y abierta.
Su mejor amigo, con quien había compartido toda la niñez, escuela, vacaciones y hasta la mujer en el despertar sexual de ambos, militaba en el MIR. Barrios, a pesar de las diferencias ideológicas, nunca dejó de brindarle su amistad. Fue por eso que cuando su amigo le pidió un favor, el corcho no dudó en prestarle ayuda. La cuestión no era sencilla, el amigo recibía un cargamento con explosivos y necesitaba un lugar para esconderlos por un tiempo.
-El paquete lo recibo hoy por la noche y no tengo ninguna casa segura donde guardarlo. En mi familia no puedo confiar, si observan movimientos raros en algunas de sus propiedades son capaces de llamar a los carabineros y, además, creo tener los servicios de inteligencia pisándome los talones. Por eso pensé en vos, sos la única persona que me puede ayudar a resolver esto
Barrios se comprometió a guardar los explosivos en su propia casa y puso una sola condición. La única persona que debía conocer del escondite era su amigo. Una vez que cerraron el trato continuaron bebiendo cerveza toda la tarde.
Fue la última vez que lo vio. En el atardecer del diez de septiembre su amigo fue secuestrado en pleno centro de la ciudad. La casa del corcho Barrios fue allanada el doce por la mañana y él, fue detenido en un local de Patria y Libertad ese mismo día por la tarde.
Durante cinco días fue torturado con salvajismo y en varias oportunidades estuvo a punto de ser ejecutado. Se lo acusaba de ser miembro activo del MIR y de estar infiltrado en Patria y Libertad. Su amigo no sólo había hablado de los explosivos, sino también lo había involucrado en la organización.
Sólo un milagro podía dejarlo con vida y este se produjo de la mano de su tío, el cura, que intercedió ante las autoridades militares para salvarle la vida. Una vez más la fuerza de su apellido se impuso y el corcho Barrios terminó con sus huesos en el penal. Preso, pero vivo.
La vida en la cárcel en un primer tiempo se le hizo difícil. Todo el presidio conocía su historial que incluía, por supuesto, su pasado de militante en Patria y Libertad. Recelo, desconfianza y hasta alguna mirada amenazadora cosechaba a su paso, también era despreciado por parte de los militares que lo consideraban un traidor y sobre todo de los comandos se que ensañaban con él.
Poco a poco la actitud de los detenidos hacía Barrios fue cambiando, para esto tuvo mucho que ver la posición que tomaron los integrantes de la comisión política. Allí se analizó que Barrios, del que no había ningún tipo de dudas de su fascismo militante, antepuso por encima de su ideología un sentimiento tan profundo como es la amistad. Se valoró esta actitud, pues Barrios sabía el pensamiento político de su amigo y conocía también que lo que guardó en su casa ponía su vida en peligro y hasta, llegado el momento, podría ser usado en contra de su organización o hasta de su propia familia. Esta noble actitud, decía la comisión política, hace de Barrios merecedor de todo nuestro respeto y solidaridad, para nosotros es un compañero más, a pesar de su pasado.
Cuando Patricio llegó al penal ya había pasado lo peor para Barrios, de a poco se dejaba de lado el recelo y la desconfianza. Con el tiempo, cara de corcho se ganó el respeto y el cariño de todos y, al final, terminó siendo uno de los compañeros más apreciado de todo el penal.



viernes, 5 de diciembre de 2014

Detrás de la Cordillera
51

El fortalecimiento de las relaciones humanas era el eslabón principal de una cadena infinita de ayudas y de contraprestaciones que elaboraba y cuidaba cada detenido. En cada pabellón se generaban pequeños clanes de cuatro o cinco personas. Estaban compuestos por afinidades diversas pero la edad y la cercanía de la cama eran la base principal de su fundación.
Patricio desde el mismo momento de su llegada se había integrado a uno de estos pequeños grupos y enseguida entabló amistad con sus componentes.
Su principal amigo y compinche fue Esteban Barrios Peralta de los Reyes, como el mismo le gustaba presentarse con solemnidad marcial. Esteban, de apodo “corcho” o “cara de corcho” por su particular rostro, era el mismo que le había prestado la cama en su primer día en la prisión.
La historia de vida, de militancia y hasta la propia detención de Esteban Barrios era muy particular. Su abuelo, de joven, con audacia y muchos balazos, había hecho fortuna en las minas. Luego, como proveedor de mulas del ejército se hizo inmensamente rico. De esta forma consiguió los blasones y los fundos necesarios para que su familia ingrese hacer parte de  lo más rancio de la oligarquía chilena.
 Toda la familia era gente importante e influyente, abogados, políticos, militares, jueces y hasta uno que era cura y mano derecha de un obispo. También contaba con cuatro hermanos mayores y con una chorrera infinita de primos y primas con quien de niño pasaba los veranos en las estancias del abuelo.
-El mundo desde que es mundo, está dividido en dos, los que mandan y los que obedecen. Nosotros mandamos por derecho divino, así Dios lo quiso y nos prepara para eso. Así les hablaba el viejo Napoleón Barrios a todos sus nietos mientras tomaban el té en vajilla de porcelana inglesa.
El corcho Barrios fue consecuente con este mandato familiar. Una vez que terminó el liceo en un exclusivo colegio católico, ingresó de inmediato a la facultad de derecho. Comenzaba el año setenta y Salvador Allende asumía la presidencia del país, el viejo latifundista no lo soportó y enfermó de gravedad. Una tarde, ya agonizante, llamó a sus hijos y nietos varones al borde de su cama y les hizo jurar que debían luchar para terminar con el marxismo en Chile, luego, murió en paz rodeado de familiares y sirvientes.
Apenas pasaron unos meses de este hecho cuando Esteban Barrios tuvo su bautismo de fuego en las filas de la ultraderechista Patria y Libertad. La tarea a desarrollar fue sencilla, emboscar a una columna de estudiantes secundarios que marchaban para apoyar al gobierno. El saldo fue desfavorable a los estudiantes que tuvieron varios heridos por las piedras y bastonazos de los atacantes, quienes, una vez cometido el atropello, se dispersaron entre los carabineros que sólo atinaron a mirarlos con complicidad.
De ahí en más para Esteban la militancia política fue pan de todos los días. La universidad era un hervidero de actividad, todo el mundo conspiraba o se preparaba para defender el gobierno pero nadie era indiferente. Todos sabían que el golpe de estado se estaba gestando, lo que nadie podía asegurar de antemano era el resultado. La derecha estaba bien preparada pero, aún así, no garantizaba que la totalidad de las fuerzas armadas le respondieran. En sus cálculos previos estaba presente que una parte no aceptaría el alzamiento, por lo tanto, la apuesta pasaba por aislar este sector y reducirlo a su mínima expresión. Contaban con que la mayoría de las fuerzas armadas iban a tener una posición inicial equidistante, esperando que la balanza se volviera hacia uno de los lados. Firmeza  y audacia, repetían que esto sería decisivo para el triunfo.