jueves, 13 de noviembre de 2014




¡FALTA MUY POCO! ¡EL VIERNES 14 DE NOVIEMBRE, A LAS 21, "BORRANDO FRONTERAS" SERÁ PRESENTADO POR PRIMERA VEZ EN ARGENTINA! ¡EN EL CLUB UNIÓN DE DEL VISO!
CON MICRORRELATOS DE DOS AUTORES DELVISENSES INCLUIDOS EN EL LIBRO: OMAR JULIO ZÁRATE Y RUBÉN FAUSTINO CABRERA.
¡TE ESPERAMOS! ENTRADA LIBRE Y GRATUITA. Y TRAS LA PRESENTACIÓN... VINO DE HONOR, GASEOSAS Y EMPANADAS.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Detrás de la Cordillera
48

En el penal había una rutina establecida. Eran levantados un poco antes que asomara el sol y, en tandas de a veinte, conducidos hasta el baño donde se duchaban con agua fría. Después hacían las camas y limpiaban el pabellón. Una vez que terminaban salían al patio donde formaban por sección y de ahí pasaban a otra barraca, que hacía las veces de comedor donde tomaban un té con un bollo de pan.
Al acabar el desayuno volvían a formar, se izaba la bandera y se tomaba lista. Luego los presos se dispersaban en pequeños grupos a cumplir distintas tareas, juntar leña, pintar, cortar pasto, ayudar en la cocina, limpiar la playa, colaborar en la lavandería.
Esta rutina podía ser cambiada por el oficial que estuviera de turno, algunas veces antes de pasar por la ducha eran sacados en calzoncillos y descalzos a correr por el patio lleno de escarcha.
 La seguridad interna estaba a cargo de un oficial de baja graduación y de seis suboficiales, dos de estos por cada pabellón, cada grupo permanecía una semana y luego era suplantado por otro. Patricio comprendió con rapidez las diferencias que existían entre un grupo de carceleros y otro. Al comienzo, de los cuatro grupos que tenían en un mes, tres de ellos eran duros, sobre todo  el que encabezaba el teniente Parrado. Además, cada grupo contaba con el apoyo de una buena cantidad de soldados, que tenían prohibido hablar con los detenidos. Era entre chistoso y patético verlos dentro sus uniformes grandes, para sus cuerpos escuálidos, mirar con terror a los detenidos. La totalidad de los soldados eran muchachos campesinos o de baja condición social y sin ninguna educación política. Entre los detenidos era ley no escrita, no comprometer bajo ninguna circunstancia a los soldados. Todos sabían con que brutalidad eran tratados por la oficialidad, si eran descubiertos hablando con los presos.
La llegada de Patricio coincidió con la semana del turno del capitán Castellano y del sargento Peña a cargo de la custodia del pabellón. Estos formaban parte del grupo paleta, así llamados por los detenidos porque eran buenas personas, a pesar del papel que desempeñaban.
Esta situación fue aprovechada por Patricio, con la ayuda de los demás detenidos. Cuando era nombrado para cumplir una labor pesada o que implicaba caminar demasiado, siempre había un compañero que lo suplantaba en la tarea como voluntario. El sargento Peña enseguida comprendió que algo pasaba, así que el mismo mandaba a Patricio a hacer tareas livianas, como ser a colaborar en la cocina. Esto también le permitía mejorar la dieta. Aún así, el plato de Patricio continuó recibiendo la solidaridad de sus compañeros de mesa por varios días más. Todas las tardes Patricio era revisado por el doctor o por su asistente, hasta que las heridas cerraron y le dieron formalmente de alta.


viernes, 7 de noviembre de 2014


LOS LUGARES DONDE CRECIMOS



Dedicado a Panquito, Chicho
y Diego.


Fue en la calle de tierra polvorienta.
La plaza sin luces y con pocos árboles.
La esquina de los amigos que escapaban
con el fútbol de los golpes de su madre,
de la brutalidad del abuelo, decrepita
figura represiva.

Fue en los veranos eternos que terminaban
entre lágrimas y silencios.
Las películas que vi y conté para que mis amigos
se fugaran por un rato de lo que no tenían.

Las siestas no dormidas a la espera
de la calma del sol, allá por las 5 en adelante.
El invierno en que cortaron la calle en nombre
de la llegada del asfalto y la fiesta por la fugaz
ausencia de esquinas y autos.

Fue en las vecinas por las cuales aprendí a andar
en bicicleta, hasta que sonó el timbre de crecer.
El terreno con árboles donde nos colgábamos
por horas, sin el apuro absurdo de nada ni la
Nada absurda del apuro.

Y hacíamos guerras y guerrillas y vigilábamos
La calle hasta que fuera hora de buscar rivales
Para el fútbol.

Fue en las escondidas de la noche,
la plaza de los sábados, la mancha-pared,
las risas y golpes

Fue en la pobreza y a pesar de ella.
Fue en la felicidad.



Patricio López Camelo

sábado, 1 de noviembre de 2014



COMO EL AGUA CUANDO SUBE


Sueño que se me pudren los pies, de manera asquerosa.

Y aquello que debemos hacer para salvarnos del naufragio no lo hacemos porque parece que no nos importa.

Y me despierto y entiendo la leve diferencia entre un estado y el otro: Rabia. De la que es hermana de la impotencia.

Pero mientras vivo una parte sigue aletargada en un mismo rumbo paralelo y constante, donde pienso-sueño que se puede hacer algo para torcer lo inevitable.

Donde las palabras no ahogan las acciones: las ensalzan para que sean contadas y se desparramen como un virus que te despierta de la larga siesta de décadas que muchos llevamos, entre el confort algunos, el día a día otros y el hambre demasiados.

Aunque porque sería yo el que sepa esas palabras para despertar.

Un sueño-pensamiento que acosa a muchos aunque así no lo creamos. Que ha acosado a muchos más en otros años pasados: El de saber qué hacer para cambiar el rumbo.

Mientras, el agua sube, inevitable, incontenible.

Su acometida brutal desespera cuando sabemos que todo lo mojado tardara en secarse.



Patricio López Camelo



miércoles, 29 de octubre de 2014

Detrás de la Cordillera
47

   Al despertar, en la enfermería, tenia todo el cuerpo marcado por las dentelladas de los perros. Las heridas habían sido desinfectadas y comenzaban a cerrarse.  Caminaba con  dificultad, sus pasos eran muy cortos y al hacerlo algunas heridas se volvieron a abrir.  A pesar de su estado, aun de convalecencia esto no fue  impedimento para ser trasladado.
En poco más de dos horas estuvo en su nuevo destino. El lugar era una isla, otrora base naval, hoy reciclada en penitenciaría de máxima seguridad. Luego de las fotos de rigor y de la somera visita del médico, que certificaba que aún estaba vivo, le fue entregado un uniforme, dos mantas y un equipo de rancho. También fue conducido a ver al peluquero quien lo peló al rape.
Al finalizar todos los trámites, un cabo lo acompañó hasta un  patio donde los detenidos estaban formando y, sin decir palabras, con un gesto, le señaló que se sumara a una de las columnas.
En el penal, eran alrededor de mil  y estaban divididos en cuatro secciones. Cada una de estas bautizadas con grandilocuentes nombres por los milicos: Libertad, Septiembre, Aurora y Victoria, a esta última fue incorporado Patricio.
Al escuchar una orden, la formación se puso en marcha hacia distintas barracas. Apenas ingresó, Patricio se quedó parado al borde de la puerta sin saber que hacer. El lugar era sórdido, un viejo galpón de madera y chapa con grandes ventanales donde faltaban la mayoría de los vidrios. Las camas estaban en doble fila dejando en el medio un gran pasillo, detrás de estas unos cofres individuales donde cada detenido guardaba sus pocas pertenencias.
-Venga compañero, por acá. Traiga sus cositas. Dijo alguien que extendiendo la mano.
-Ignacio Toro pa’ servirle a usted. Patricio estrechó la mano.
Al desandar por el largo pasillo otras voces y otras manos se acercaron para saludar. La marcha se detuvo al pie de un camastro, Patricio depositó las mantas encima del colchón y las cosas del rancho en el cofre. Toro se retiro y lo dejo solo para que descanse hasta la hora de la cena.
Patricio estiró el colchón  y colocó las mantas, la cama que le había tocado en suerte era la de arriba, así fue que al trepar con mucha dificultad, un quejido se le escapó de los labios. Esto fue advertido por el compañero de la cama de abajo que preguntó.
 ¿Qué pasa cumpa, algún problema? Patricio negó con énfasis, minutos después un pequeño hilo de sangre caía desde la cama de arriba.
Un silbido corto, rítmico y punzante cruzó por todo el pabellón, al instante Toro y un grupo detenidos estaban al pie de la cama.
-El compañero parece que esta herido. Habló el autor del silbido señalando la cama de arriba. Patricio le restó importancia a su herida y se negó a recibir ayuda.
-Te vas al tiro nomás, hasta Libertad y busca al doctor. Le dijo Ignacio Toro a uno de sus compañeros. Después le habló a Patricio.
-Mire compañero, aquí la cosa es bien sencilla, si usted está herido es nuestro deber ayudarlo. Me imagino que sabrá de sobra que el coraje individual no sirve de nada, sino no se esta al servicio de un colectivo y aunque no lo parezca, eso somos aquí adentro. Toro hizo una pausa, cambió el tono de dureza en su voz por otro mucho más suave y agregó:
-Así que basta de güeverío, que lo va revisar el doctor. En esos momentos regresaba el otro compañero.
-El doctor no se encontraba en el pabellón, pero su ayudante se ofreció a colaborar. Y señaló a un muchacho flaco y pálido, que se acercó al borde de la cama con timidez.
 El muchacho, revisó a Patricio concienzudamente. Pasados unos minutos sacó del bolsillo de su pantalón un trapo blanco y vendó la herida sangrante.
-Las heridas están cicatrizando bien, hay que tener cuidado con la que esta abierta, recomiendo que camine lo menos posible por un par de días y que duerma en una cama de abajo, para evitar el esfuerzo de trepar Hablo el muchacho que parecía haber recuperado su timidez habitual. Luego se despidió y prometió en volver mañana, trayendo en lo posible, una venda de mejor calidad.
-Toro, el compañero puede usar esta cama, yo me llevo mis petates para arriba. Habló el detenido de la cama de abajo que hasta ese momento se había mantenido callado.
-Es buena idea. Asintió Toro. Patricio  se negó pero ante la insistencia de los demás pasó sus cosas a la cama de abajo.
Este hecho no fue la única muestra de solidaridad que encontró en su primer día de cárcel. A la hora de la cena, sentado a la mesa común, ante un humeante plato de guiso, tuvo su segunda vivencia. Todos los compañeros de mesa, que eran más de veinte, aportaron de su ración una cucharada, que engrosó el plato de Patricio.
Esa noche, una vez que apagaron las luces del pabellón, envuelto en las mantas, Patricio Quesada lloró como nunca lo había hecho en su vida. Quebrado por la emoción se juramentó dar lo mejor de sí para  corresponder tanta dignidad.



domingo, 26 de octubre de 2014

CUANDO LLEGA OCTUBRE

En el barrio había tipos raros.  Raros pero no por extravagantes aunque en cierta forma lo eran, sino por soñadores. Esos tipos que hacen de este mundo un poco mejor.  Esos que cada mañana al levantarse, ven el vaso a medio llenar y ponen todo su esfuerzo para completarlo. Américo era uno de esos.
Orgullosamente troskista, obrero metalúrgico y desde siempre delegado de base. La triple A, esa banda que cazaba zurdos, desde el Ministerio de Bienestar Social del gobierno de Perón lo tuvo en la mira. Después del 24 de marzo del 76, las cosas se le pusieron aun más difíciles. Fue despedido, tuvo que pasar a  la clandestinidad y cuando el cerco se cerraba y su vida corría peligro se exilió.
Cuando lo conocí eran tiempos de democracia recién estrenada y grandes utopías. Américo reorganizó la sociedad de fomento y fue convocando a la gente del barrio, con unos amigos nos acercamos a colaborar. En poco tiempo la sociedad de fomento florecía llena de actividades.
Muchachos vamos a montar una radio para el barrio, nos dijo una tarde y a todos nos entusiasmo la idea, pero nos preguntamos cómo. El no contestó nada, solo sonrió, prendió un cigarrillo y dijo lo vamos hacer.
Al poco tiempo una radio se montó en la sociedad de fomento. La antena era por demás precaria y el equipo de trasmisión era prestado. Cada sábado después del mediodía, Américo se tomaba el tren y al anochecer volvía con el equipo, el que había que devolver religiosamente cada domingo por la tarde.  Pasaron varios domingos hasta que se pudo salir al aire. Con mi amigo Gustavo, nos alejábamos de la radio y con una spica portátil verificamos el alcance, que por supuesto lo llegaba a mas de unas veinte manzanas alrededor del improvisado estudio. Aun recuerdo nuestra alegría al escuchar que en una casa la estaban sintonizando. Nos abrazamos y volvimos corriendo a compartir con los demás la noticia.
En poco tiempo la radio fue creciendo. Américo y el barrio la bautizaron como la barrial y con la ayuda de todos se compró el primer equipo. Esto permitió trasmitir todos los días, de lunes a lunes, por las mañanas. Este crecimiento fue trayendo algunos problemas. La radio fue ganando espacio en el barrio y esto molestó a algún político y a la comisión directiva de la sociedad de fomento. Primero comenzar con un boicot, cortes de luz, ruidos molestos cerca de la sala desde donde se trasmitía. Cuando esto no les alcanzó pasaron a la acción directa.  Tiraron la antena abajo y todas las cosas de la radio, entre ellas el equipo de transmisión, fueron a parar a la plaza de enfrente.
Para todos nosotros, este era el final de la barrial, menos para Américo y su compañera Bety.  Ellos no se dieron por vencidos y montaron la radio en el comedor de su casa.

 Por eso cada vez que llega Octubre, cuando la primavera, es más primavera, mis recuerdos me llevan de nuevo hasta la Barrial y pienso en  ese tipo formidable que fue  Américo. Un constructor de utopías.

Carlos Varco

miércoles, 22 de octubre de 2014

 Detrás de la Cordillera
46

Pocos días después de la sesión de fotos, Patricio fue conducido por primera vez a la fiscalía militar. De pie y esposado de cara contra la pared permaneció en espera por largas horas. Era una fila infinita que se extendía por todos los pasillos del enorme edificio. Hombres y mujeres, salidos del infierno del calabozo y la tortura, esperaban su turno.
Una vez dentro de la oficina, la situación era grotesca, toda la pompa militar estaba montada a pleno. Un oficial de baja graduación leyó con solemnidad los cargos, se le notaba hinchado de orgullo de bajo de su reluciente uniforme. Al acabar con la lectura miró con desprecio a Patricio y este le devolvió la mirada. Un soldado se acercó con unos papeles para que Patricio firmara la notificación por los cargos, también le informó que tenia a su disposición un defensor militar. Cuando el soldado fue a guardar el papel con la notificación en una carpeta, esta se le escapó de las manos regando de papeles el piso de la oficina. Patricio reconoció con claridad una declaración suya, porque junto con su firma estaba una inmensa mancha de sangre, ahora seca.
Al salir de la fiscalía lo subieron junto con otros a un camión y marcharon hacia un nuevo destino. El viaje duró más de lo pensado, cuando los bajaron del vehículo se encontraron en medio de una pista de aterrizaje. Formados de seis en fondo recibieron un jarro de té con pan duro y esperaron la llegada de otro camión con otra carga de detenidos. Apenas apareció el nuevo contingente separaron los hombres de las mujeres. Los hombres fueron obligados a subir al avión.
-No entran más mi mayor, ¿qué hacemos?- Preguntó un soldado cuando todavía quedaban alrededor de diez prisioneros al píe del avión
-Me los caga bien a culatazos y me los apila uno arriba de otro. La patria no puede gastar más en estos subversivos.  Ordeno  el oficial a cargo del traslado.
Al aterrizar el avión ya era noche cerrada y sin ninguna estrella. Patricio bajó con paso inseguro. Una ráfaga de viento helado le cruzó la cara y lo hizo estremecer de pies a cabeza. La muerte debe andar cerca, se dijo para sí. Era un dicho campesino que lo había escuchado por primera vez siendo muy chico, por boca de  los peones del fundo donde se crió. Por desgracia el dicho estaba en lo cierto. Un solo golpe lo dejó acostado sobre la fría pista de aterrizaje. Sombras uniformadas aparecieron de la nada, golpeando a diestra y siniestra con unos bastones de madera. Los prisioneros trataban infructuosamente cubrirse de los golpes, en un momento, las sombras uniformadas desaparecieron dejando tras de sí, esparcidos sobre el asfalto, los cuerpos golpeados y ensangrentados de los detenidos. Todo se volvió silencio, rachas de viento dispersaban quejidos y llantos entrecortados.
Luego de pasado un tiempo unos poderosos reflectores rompieron la oscuridad de la noche,  Los detenidos fueron obligados a ponerse de pie y desde unos parlantes se escucharon los primeros acordes del himno nacional. Al llegar a la primera estrofa cada preso comenzó a cantar a toda voz.  Esta actitud enfureció a las militares, que tomaron una represalia perversa.
 Los prisioneros fueron rodeados por una docena de perros de policía, a los cuales de uno vez se le iba quitando el bozal y embestían sobre los presos indefensos. Al mismo tiempo las luces se prendían y apagaban.
 En los parlantes sonaba de nuevo  el himno nacional chileno.