viernes, 5 de diciembre de 2014

Detrás de la Cordillera
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El fortalecimiento de las relaciones humanas era el eslabón principal de una cadena infinita de ayudas y de contraprestaciones que elaboraba y cuidaba cada detenido. En cada pabellón se generaban pequeños clanes de cuatro o cinco personas. Estaban compuestos por afinidades diversas pero la edad y la cercanía de la cama eran la base principal de su fundación.
Patricio desde el mismo momento de su llegada se había integrado a uno de estos pequeños grupos y enseguida entabló amistad con sus componentes.
Su principal amigo y compinche fue Esteban Barrios Peralta de los Reyes, como el mismo le gustaba presentarse con solemnidad marcial. Esteban, de apodo “corcho” o “cara de corcho” por su particular rostro, era el mismo que le había prestado la cama en su primer día en la prisión.
La historia de vida, de militancia y hasta la propia detención de Esteban Barrios era muy particular. Su abuelo, de joven, con audacia y muchos balazos, había hecho fortuna en las minas. Luego, como proveedor de mulas del ejército se hizo inmensamente rico. De esta forma consiguió los blasones y los fundos necesarios para que su familia ingrese hacer parte de  lo más rancio de la oligarquía chilena.
 Toda la familia era gente importante e influyente, abogados, políticos, militares, jueces y hasta uno que era cura y mano derecha de un obispo. También contaba con cuatro hermanos mayores y con una chorrera infinita de primos y primas con quien de niño pasaba los veranos en las estancias del abuelo.
-El mundo desde que es mundo, está dividido en dos, los que mandan y los que obedecen. Nosotros mandamos por derecho divino, así Dios lo quiso y nos prepara para eso. Así les hablaba el viejo Napoleón Barrios a todos sus nietos mientras tomaban el té en vajilla de porcelana inglesa.
El corcho Barrios fue consecuente con este mandato familiar. Una vez que terminó el liceo en un exclusivo colegio católico, ingresó de inmediato a la facultad de derecho. Comenzaba el año setenta y Salvador Allende asumía la presidencia del país, el viejo latifundista no lo soportó y enfermó de gravedad. Una tarde, ya agonizante, llamó a sus hijos y nietos varones al borde de su cama y les hizo jurar que debían luchar para terminar con el marxismo en Chile, luego, murió en paz rodeado de familiares y sirvientes.
Apenas pasaron unos meses de este hecho cuando Esteban Barrios tuvo su bautismo de fuego en las filas de la ultraderechista Patria y Libertad. La tarea a desarrollar fue sencilla, emboscar a una columna de estudiantes secundarios que marchaban para apoyar al gobierno. El saldo fue desfavorable a los estudiantes que tuvieron varios heridos por las piedras y bastonazos de los atacantes, quienes, una vez cometido el atropello, se dispersaron entre los carabineros que sólo atinaron a mirarlos con complicidad.
De ahí en más para Esteban la militancia política fue pan de todos los días. La universidad era un hervidero de actividad, todo el mundo conspiraba o se preparaba para defender el gobierno pero nadie era indiferente. Todos sabían que el golpe de estado se estaba gestando, lo que nadie podía asegurar de antemano era el resultado. La derecha estaba bien preparada pero, aún así, no garantizaba que la totalidad de las fuerzas armadas le respondieran. En sus cálculos previos estaba presente que una parte no aceptaría el alzamiento, por lo tanto, la apuesta pasaba por aislar este sector y reducirlo a su mínima expresión. Contaban con que la mayoría de las fuerzas armadas iban a tener una posición inicial equidistante, esperando que la balanza se volviera hacia uno de los lados. Firmeza  y audacia, repetían que esto sería decisivo para el triunfo.


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